Aquí me tienes otra vez escribiéndote, como
todas las noches. Me temo que está sea la última carta que pueda escribirte. Toda
mi vida te he estado contemplando. Día a día me has acompañado desde la
distancia. Me has ofrecido tu luz todas las noches y has arropado mis temores
de niño. Sé que lo sabes todo, porqué por los días aun que no te vea, sé qué
sigues estando ahí. Contemplándome a mi y a muchos más desde la distancia. Sé
que puedes ver las miserias que pasan en este mundo, la gente llorar
desconsoladamente, las sonrisas que pueden llegar a durar una fracción de
segundo… Sé que por el momento y que desde siempre te has encontrado
acompañando al hombre temeroso de la oscuridad y gracias a tu luz, nosotros
podemos tener mayor seguridad.
Sé que eres incondicional porqué todas las
noches, horas antes u horas después te encontrarás en el cielo otra vez.
Incluso puedo contemplarte reflejada en mi vaso, en el mar dónde siempre solía
escribir su nombre, en las ventanas, en los espejos...
Todas las noches me asomaba por las ventanas de
mi casa para verte ensombrecida por un velo de lluvia y para darte las gracias.

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